ROCK & RUNNING

Vas por el monte de domingueo sano, a punto de conquistar tu primer y único mil del año. El aire está limpio, estiras tus pulmones, ensanchas tu alma, dejas la mirada perdida en el camino que orilla por la ladera y… de repente aparece. Un tío baja corriendo como una exhalación. Va vestido con un mezcla de colores llamativos que le hacen parecerse, no sabes, si a Miliki o a un superhéroe de Marvel con resaca. Te pasa sin mirarte a través de sus oscuras gafas, como si fueras un ser inferior.

Correr por la montaña. Subirla ¿Hay algo más absurdo? ¿Por qué lo hacemos? Lo llaman afán de superación, buscar tus límites, traspasar el umbral de la rutina… Pero no nos vengamos tan arriba. Igual también lo podemos llamar crisis de los 40, colesterol alto o posar para facebook. En busca del Occidentali Karma, puede que sí, a veces nos volvamos un poco monos, masoquistas, de la manera más normal, como un cantante Yonqui o un actor en depresión. Porque muchas veces la vida es un largo y loco concierto de rock que tenemos que resistir de la mejor manera.

Para resolver la ecuación, hablemos de tres de las mejores cosas que han existido(casi) siempre: libros, montañas y Rock & Roll.

Siempre Rock

Siempre Rock

Un libro de anécdotas de rock es eso mismo, los chascarrillos contados por la vieja del visillo, que en esta ocasión es Juan Pablo Ordúñez, El Pirata. Un tío con más morro que Pocholo en una discoteca y que ha tenido tiempo para estar en todos los conciertos con los más grandes. Sólo por eso el libro tiene miga y merece la pena dedicarle unas dos horas de fácil lectura. Eso sí, el nivel literario no está a la altura de las historias y eso se nota en que muchas quedan difuminadas en la falta de estilo. Aunque nos avisa de ello desde el principio, da pena no haberle sacado más jugo a tan excelente material rockero.

Si El Pirata, en su inglés de Albacete hubiese tomado unos botellines con Bukowski en el club social de Villapene, igual estaríamos hablando del mejor libro de rock nunca escrito:

—Menuda chavala me ligué anoche en el concierto de AC/DC.

—Ya chocheas con tus cuentos de viejo rockero.

—¿Y tú qué? ¿Vas a decirme que conociste a una rubia en el hipódromo y qué te la tiraste mientras caían macetas?

—Suena más creíble. Vamos a escribir ese libro.

—¿Cuál?

—Uno de rock. Se titulará Rock & Mujeres.

By Pirata & Bukowski. Juega esa Brisca, Argelino, que no llegamos hoy a la petanca…

—Angelino, f****, porque se me ocurriría hacer el camino de Santiago como Paulo Coehlo.

Mal de Altura

Mal de altura

Debemos mencionar de Jon Krakauer “En tierras peligrosas”. Un título magnífico, que goza de una buena adaptación al cine por Sean Pean y mejor banda sonora de Eddie Vedder. No podemos decir lo mismo de Everest, cuya novela Mal de Altura, es un título capital, de referencia para montañeros o amantes de la aventura. Polémica por necesidad, ya que narra la ascensión, vida y muerte real de muchos de los protagonistas en una expedición comercial al Everest en 1996. Un libro adictivo hasta la última coma, dotada de la fuerza literaria que le dan un escenario y una situación límite. La novela plantea además un dilema que ya no es nuevo ¿El nivel de explotación comercial de Everest ha superado su límite? No son pocos los alpinistas, como Edurne Pasaban, que confesaron sentirse decepcionados en su subida al pico más alto del mundo.

En temporada alta se ha convertido en una conga interminable hacia la gloria que, como bien explica cualquier alpinista, no es tal, ya que en la cima eres un desecho humano semiinconsciente que apenas puede respirar y buscar el camino de vuelta a duras penas. Subir la montaña, y por ende, la cima más alta del mundo no va de demostrar nada. Es más bien un ejercicio de temeridad infantil, tan inútil como expulsar a Pedro Sánchez de la dirección del PSOE o como esperar una cita de Góngora de Belén Esteban.

Entonces, ¿por qué seguimos haciéndolo? Porque como dijo Lionel Terray las montañas están ahí, siempre hemos formado parte de ellas. Hoy, atraídos en una intuición temeraria, las retamos más allá del límite en un desafío que no tiene nada ver con la victoria o la derrota. Escalar, llegar a la cima, es un acto contra cultural y primigenio, anterior al I-phone, el IBEX o los milennials. No se trata de llegar primero, sino de volver el último vivo.

Mal de altura, un libro que necesitas leer en esta vida, seas Amancio Ortega el de Forbes o Filemón el del bar “Porretas”.

La frontera de lo invisible

La frontera de lo invislbe
Inspiradora portada, aunque no todos subimos tan rápido.

Las televisiones le han dedicado unos segundos y una foto fija. Los diarios algún artículo más en profundidad, una entrevista… Poco eco para alguien que ha subido en 8 días lo que otros tardan dos meses en hacer… y corriendo. Claro que sí Pau Gasol hubiera practicado el Canicross o Rafa Nadal el Ultimate Frisbee, en el futuro les hubiéramos conocido por oficios propios de sus nombres, como Rafa el carpintero o Pau el panadero. Todo muy chulo, pero cuando dices “soy una leyenda del Canicross” no queda tan bien y las señoras te hubieran interrumpido diciendo… “pero¿te queda alguna barrita o no, majo?”

¿Y Killian? Con diez años ya se recorrió Los Pirineos y muy pronto empezó a ganar carreras verticales y Ultra Trail de invierno. Luego comenzó a combinarlas con las Trail de verano, a ganar mundiales, batir todos los récords… Cuando la competición se le quedó pequeña, comenzó el proyecto que le ha llevado al Everest: Submit of life. Escalar más rápido que nadie, las montañas más altas del mundo. Este reto ha concluido a 8.848 metros.

Pero, ¿quién es Killian Jornet? ¿Un peregrino rodeando mil caminos para llegar a la verdad? ¿Un masoquista patológico? ¿Un ser asocial que encuentra en la montaña su mejor coartada?

Puede que todas ellas y muchas más porque, volviendo al inicio, cuando me encontré a ese marciano corriendo por la montaña, hace tres años, pensé : ¿Por qué? Habrá dejado las drogas, pone multas, desaloja a gente; se siente mal con su vida.

Luego leí “La frontera de lo invisible”. No me pareció muy bueno. Amores evocados en pronombres oníricos, excursiones fatales por la montaña y reflexiones un tanto pasables. Un libro que puede ser leído en una piscina pública sin pedirle mucho más, siempre y cuando te guste la literatura de montaña.

Está claro que correr es un método de huida, simple y elemental, patentado hace miles de años cuando corríamos en taparrabos huyendo de peligros mayores que la hipoteca. Ponerse unas zapatillas y escapar, esconderse, llegar a la meta para olvidar el número que te ha faltado del Euromillones o que tu novia quiere a otro, es todo uno. Porque Killian, por encima de todo, no es más que eso, un tío que, resultando excepcional, ha saltado el escalón social que le permite evitar la oficina de 8 a 17. Es libre porque puede y nosotros somos libres cuando corremos.

Ahora tú decides. ¿Quieres seguir escuchando a Pablo Alborán y evadirte con realities de pastiche? Está bien, esa es tu elección, tienes derecho a tomar la próxima salida. Nosotros somos corredores de montaña, luchamos contra el futuro, gritamos !ROCK! Y vamos a por todas, incluso cuando eso significa dar pena o llegar el último.

¡Larga vida al RUNNING & ROCK!

 

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